Mi referente personal no puede ser otra que mi madre,
cuyo cariño y entrega a toda la extensa familia la convierten en un faro
compartido. Pero siento un poco de pudor al expresar públicamente aspectos de
su vida que arrastran consigo tantas emociones.
Por eso, voy a hablar de Carmen Mexía, mi profesora
de Arte en COU. Han pasado más de 40 años y sigo intentando dedicarme a la
misma profesión, aunque en el campo de la literatura, con la misma capacidad,
pasión y entrega hacia su alumnado que ella poseía… y creo que todavía no lo he
conseguido.
Evidentemente era una enamorada del arte y en una de
las visitas que realizamos para conocer el prerrománico ovetense acabó
invitándonos a todo el grupo a merendar. Para agradecerle de algún modo su
generosidad, le compramos una docena de pasteles y, al recibirlos, nos
sorprendió confesándonos que era una monja en uno de los barrios más
desfavorecidos de Oviedo y en el que, por aquel entonces, todavía existía un
poblado de chabolas. A quienes vivían en una de ellas fueron a parar
directamente esos pasteles.
Nuestra relación personal se afianzó cuando, una
mañana en la que llegó a clase con una cara muy cansada me confesó que había
estado toda la noche intentando encontrar un cobijo para esas personas que
vivían en las chabolas pues las lluvias torrenciales las habían inundado. Su
clase de Arte, como siempre, fue magnífica. Para calificar su clase de vida
sigo sin encontrar palabras.
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