Afortunadamente son numerosísimos los estudios sobre
el uso sexista del lenguaje que se llevan publicando desde hace décadas, por lo
que en esta entrada haremos referencia a varios de ellos con el fin de reflejar
el interés que parte de la sociedad ha mostrado por este tema y también para
argumentar con análisis científicos las falsas polémicas que el mismo despierta.
Han sido también considerables los organismos o instituciones que han publicado
sus propias guías para un uso inclusivo del lenguaje. Ante este hecho, la RAE
reaccionó con el informe titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer (2102) en el que su
autor, Ignacio del Bosque, ejemplificaba con algunos fragmentos extraídos de
esas guías (eso sí, lo más hiperbólicos y en los que no se empleaban los genéricos como
sustitutos del doble género gramatical). Curiosamente criticaba de forma
incisiva este uso pero empleaba los términos académicos y académicas para referirse a las personas que integran
la institución: 35 hombres y 8 mujeres. Creemos que no está de más recordar sus
nombres: Carmen Iglesias,
Margarita Salas, Soledad Puértolas, Inés Fernández-Ordóñez,
Carme Riera, Aurora Egido, Clara
Janés y Paz Battaner. Dicho esto, también debemos reconocer el esfuerzo,
probablemente debido a las presiones recibidas, que está realizando la RAE por incorporar
a académicas puesto que las seis últimas que hemos mencionado han ingresado en
los últimos siete años.
Las lenguas no son sexistas sino que lo son sus usos, decía Miguel Ángel Arconada Melero en su ponencia El uso del lenguaje en la escuela: el sexismo
en el lenguaje y los medios de comunicación (I Jornadas de Coeducación. Suatea.
Oviedo. Noviembre 2001). Y añadía que la
lengua no solo supone un instrumento de comunicación sino un instrumento de
poder y de interpretación de la realidad. Esa misma idea ya la había
plasmado el reconocido lingüista Roman
Jakobson en su obra Fundamentos
del lenguaje (1974): Una
categoría como es el género gramatical, que generalmente se considera puramente
formal, desempeña un gran papel en las actitudes mitológicas de una comunidad
hablante. Por ese motivo, del uso del masculino como género no marcado se
deriva una visión androcéntrica del mundo en el que las mujeres no existimos.
Así lo señala Mª Ángeles Durán en su
obra Liberación y utopía (Akal. 1982): Las mujeres no hemos entrado dentro de la
categoría de lo humano; el genérico masculino invisibiliza, oculta y subordina
a las mujeres, a quienes no se nos ha otorgado la suficiente importancia como
para ser nombradas. En esta cultura patriarcal, ser mujer es no ser varón.
Sigue
siendo habitual leer en libros de texto este tipo de enunciados: El hombre del Neandertal; Un paso pequeño para el
hombre, un gran paso para la humanidad. O también resultan cotidianas expresiones como Hombre al agua o El mejor amigo del hombre es el perro. ¿Qué imágenes han acuden a vuestra mente mientras
las leemos? Sinceramente, ¿hemos “visto” solo hombres, o ambos sexos? La fuerza de la
lectura solo masculina se manifestó de una forma muy clara en este lema de una
manifestación parisina de mujeres que querían recordar quiénes conformamos la
mitad de la población: Uno de cada dos hombres es mujer.
Como estamos viendo, el uso del masculino no es
perfecto, plantea muchísimos errores y crea problemas de comunicación. Miguel
Ángel Arconada, en la ponencia indicada, mostraba ejemplos muy claros: si decimos que “En los años 30 los maestros
cobraban 30 pesetas” ¿A quiénes nos estamos refiriendo cuando en los años 30
las maestras cobraban entre 18 y 29 pesetas? O en el enunciado: “Los sumerios
eran especialistas en la trepanación” ¿somos conscientes de que en esa cultura
eran las mujeres las que tenían una enorme preparación médica?. También es
muy gráfica la declaración del periodista de “The New York Times”, John Darton:
Gracias a “Harry Potter”, al fin los niños leen. Los niños, ¿eh? Las niñas
ya leían. En EEUU el índice de lectura entre las chicas es aceptable, ¡pero
entre los chicos es desastroso!
Debemos reconocer los esfuerzos, insistimos en que muy
probablemente inducidos por las presiones sociales, que la RAE y el conjunto de
Academias de la Lengua Española están realizando para cambiar los significados
del Diccionario. Voy a poner un solo ejemplo: el término huérfano,a se definía hace años como aquella persona que había
perdido a su padre o a su madre, pero especialmente a su padre. Cuando comenté esta definición en clase, os podéis
imaginar la cara, y sobre todo el sentimiento de dolor, de un alumno quien
había perdido a su madre. Yo desconocía este hecho ya que, en ese caso, no hubiera realizado la explicación de ese vocablo. No, los
significados de las palabras no son inocuos, pueden generar mucho daño.
Afortunadamente, el DLE ha cambiado esa definición por la persona A
quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos.
También nos
encontramos en el Diccionario con muchos términos referidos a profesiones que,
por fin, se han feminizado: médica,
jueza, fiscala… De todas formas, cuando Idoia Rodríguez murió en Afganistán
en el año 2007, los medios de comunicación se referían a ella como una militar
puesto que entonces, y todavía ahora, soldada
se define como Sueldo, salario o
estipendio, no como una mujer integrada en el ejército. Y el término androide significa autómata de
figura de hombre. Podemos
preguntarnos ¿tiene sexo un/a autómata?
Y también podemos recordar que fue una figura de mujer la que
apareció por primera vez como androide en el cine y, en concreto, en la película Metrópolis (1927) de Fritz Lang.
Angela Goddard y Lindsey M.
Patterson, en su obra Lenguaje y género (Universidad
de Castilla-La Mancha. 2005), señalan que La expresión “madre trabajadora” está
dando por supuesto la existencia de una “madre” que no trabaja (cuando, como muy bien sabemos, sus faenas son
múltiples y de jornadas mucho más intensas).
Por otra parte, la expresión “madre soltera” nos informa de que el ideal de
madre es dentro del matrimonio o la pareja. Es muy difícil encontrar el
empleo de la expresión padre soltero,
y prácticamente imposible localizar un padre
trabajador referido a aquel que realiza las labores del hogar.
Esas mismas autoras también indica que las mujeres han puesto nombre a realidades
como el “acoso sexual” (antes de que
se acuñase esta expresión algunos invertían incluso la realidad con expresiones
del tipo “las mujeres provocan”). En esta misma línea, también podríamos
decir que el brutal asesinato de Ana Orantes, pocos
días después de que ella manifestara este temor hacia su marido en un programa de Canal Sur, se definía como un crimen
pasional (el suyo y el de tantísimas mujeres que la precedieron). A partir de entonces, se empezó a hablar de violencia machista o,
tomando el término anglosajón, violencia de género. Aún así, todavía hoy en
día, los titulares que informan de esos crímenes suelen encabezarse con Un hombre mata… ¿Para cuándo un hombre asesina…? De nuevo la
perversión del lenguaje y, con él, el ocultamiento de hechos criminales.
Por ese motivo, como se está comentando en esta
unidad, se plantean múltiples alternativas para que nuestro lenguaje y, por lo
tanto la realidad que refleja, sea más inclusivo. Algunas personas se muestran
reacias al uso del doble genérico pues sí es cierto que, utilizado de forma
continua, genera cansancio y diluye el contenido. Pero se pueden utilizar los sustantivos genéricos: alumnado, profesorado,
ciudadanía, personas… O expresiones como el pueblo español o el
vecindario… ¿Por qué el que firma y
no quien firma? ¿Por qué los centros
educativos siguen realizando reuniones
con los padres y no con las familias,
cuando además, en ocasiones, es la abuela quien la sostiene y cuida? La riqueza lingüística es enorme y
variada ¿por qué limitarla, empobrecerla y, de ese modo, ocultar a la mitad
de la humanidad?
A todas aquellas personas que todavía se empeñan en
el uso de una palabra en su género masculino por considerarlo inclusivo debemos
recordarles, como hace Pilar Careaga en su obra El libro del buen hablar: Una apuesta por un lenguaje no sexista (Fundación
Mujeres. 2002) las múltiples normativas que legislan el uso de un lenguaje no
sexista:
- en 1987, el Consejo de Ministros revisó los textos
reglamentarios;
- en 1990, la UNESCO, editó sus Recomendaciones sobre un uso no sexista del lenguaje; en ese mismo
año, el Comité de Ministros del Consejo de Europa Convencido de que el sexismo que se refleja en el lenguaje utilizado en
la mayor parte de los Estados miembros del Consejo de Europa –que hace
predominar lo masculino sobre lo femenino- constituye un estorbo al proceso de
instauración de la igualdad entre mujeres y hombres, porque oculta la
existencia de las mujeres, que son la mitad de la humanidad, y niega la
igualdad entre hombre y mujer.
Adviertiendo, además, que el empleo del género masculino para designar a las personas de ambos sexos provoca, en el contexto de la sociedad actual, incertidumbre respecto a las personas, hombres o mujeres, de que se habla; emitió una serie de recomendaciones;
- en 1994, el añorado Instituto de la Mujer creó la comisión NOMBRA (No Omitas Mujeres Busca Representaciones Adecuadas), mencionada en este curso.
- al año siguiente, el BOE publicó la denominación no sexista de los títulos académicos porque, sin ir más lejos, en el mío se lee la palabra Licenciado.
Y así, hasta seguir hoy en día.
En la ya mencionada Liberación y
utopía, Mª Ángeles Durán nos recuerda que No sólo
es cuestión del habla individual (idiolecto), la estructura condiciona; por eso
hay que buscar soluciones plausibles que no rompan la estructura del idioma ni
mantengan los estereotipos. Nos quedamos con la penúltima de sus
referencias y creemos, como lingüistas, que no debemos alterar la estructura
del idioma puesto que, como hemos demostrado, hay múltiples alternativas. Es
este el motivo por el que no estamos de acuerdo con el uso de la arroba, un
signo que en nuestra lengua se refiere a un tipo de medida pero que no existe
dentro del alfabeto, o de la x, que
se está empleando para referirnos a mujeres, hombres y personas transgénero.
Además, tendremos que reconocer que solo tendría validez en su uso escrito
puesto que oralmente deberíamos usar un genérico, el doble género o, lo dicho,
personas transgénero. La variedad de alternativas que la lengua española nos
ofrece es amplia y en ellas pueden quedar recogidas, como hemos demostrado en
la escritura de este trabajo, todas las personas.

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