Desde que se estrenó en 2015, Sufragistas
se ha convertido en una película de referencia puesto que, en poco menos de
dos horas, vemos sintetizada en la pantalla la historia de este movimiento de
mujeres que defendieron el voto femenino en Inglaterra.
La protagonista es Maud (Carey Mulligan), una mujer joven que trabaja en
una lavandería y, cuando llega a su casa, entrega
el sueldo íntegro a su marido, a quien también atiende así como a su hijo.
Un día, mientras realizaba una entrega de ropa, ve en Oxford Street a varias
mujeres que empiezan a romper
escaparates mientras reclaman a gritos el voto para la mujer.
Poco tiempo después, a la salida de la fábrica, una sufragista burguesa
solicita voluntarias obreras para testificar ante el Parlamento sobre su
trabajo y su vida con el fin de conseguir ese derecho al voto. Maud decide
acompañar a Violet (Anne-Marie Duff), una compañera, después de ver cómo el patrón estaba violando, con total
impunidad, a la hija de esta (ella misma había sufrido esos abusos desde bien
niña). Cuando llega el momento de presentar su testimonio, Violet aparece con
la cara marcada debido a la paliza que
le había dado su marido. Es entonces cuando Maud acaba hablando en la
comisión del Parlamento y, a través de sus palabras, conocemos las condiciones
laborales de las mujeres en la Inglaterra de 1912: había nacido en la
lavandería y, para seguir trabajando, su madre la llevaba a la espalda hasta
que, cuando tenía 18 años, una tina llena de agua caliente volcó y la desolló.
Maud empezó a trabajar en la lavandería a los 7 años, a media jornada, que se
convirtió en completa a los 12 años. Ella y sus compañeras sufren de: dolores
musculares, por los pesos que deben cargar; úlceras, debido a la humedad; quemaduras;
o envenenamiento a causa de los gases que respiran. Las trabajadoras ganan 13 chelines y realizan su labor encerradas en la nave de la fábrica. Los trabajadores ganan 19 chelines, trabajan un tercio de jornada menos que
ellas y realizan su labor al aire
libre.
A pesar de las esperanzas que los propios políticos les habían dado, al
final no aprueban el voto femenino y la concentración pacífica de sufragistas
que se había reunido a las puertas del Parlamento sufre la violencia policial y son encarceladas.
La burguesa queda en libertad porque su marido paga la fianza aunque no la del
resto de mujeres; aunque el dinero es de ella y le ruega que también financie
la salida de sus compañeras, él se niega y permanecerán en la cárcel porque solo él puede administrar ese dinero.
Durante la semana que permanecen en prisión, observamos cómo las
sufragistas se declaraban presas políticas y, por lo tanto, exigían vestir su
propia ropa y no la que les daban en la cárcel.
Pocas semanas después, Maud asiste a un mitin clandestino de la lideresa sufragista Emmeline Pankhurst
(Meryl Streep), en el que llama a sus seguidoras a pasar de la lucha pacífica a
acciones de protesta en las que ninguna persona resulte herida porque no queríamos quebrantar las leyes sino redactarlas,
prefiero ser una maleante que una esclava.
Volverán a ser detenidas pero, en esta ocasión, el jefe de policía decide
que no las meterá en la cárcel, que sus
maridos se ocupen de ellas, mostrando claramente la extensión de ese poder
patriarcal: desde el ámbito público al privado, es todo uno. No se equivocaba:
cuando llega a casa, el marido le reprocha el hecho de no ocuparse ni de él ni
de su hijo y le exige un cambio en su comportamiento. A pesar de su juventud,
Maud se muestra como una mujer fuerte y madura y le contesta: no soy solo madre y esposa. Entonces su
marido la echa de casa y, algo infinitamente más doloroso para nuestra
protagonista, le prohíbe ver a su hijo
porque la ley dice que es exclusivamente
del padre y será él quien decida, más adelante, darlo en adopción. Yo no soy ni más ni menos que usted, le
escribe al policía que la vigila, y si la
ley dice que no puedo ver a mi hijo, lucharé por cambiar esa ley.
Su foto ha salido publicada en los periódicos, por eso, cuando llega a
la fábrica, su patrón la despedirá
diciéndole que a nadie le importa porque ella
no es nada.
Siguiendo las consignas de Emmeline Pankhurst, las sufragistas empiezan
a boicotear las comunicaciones con
la destrucción de buzones de correos o cables de telégrafos. Pero su lucha
sigue sin ser recogida por los periódicos y deciden ir más allá con la
explosión de la casa de verano, en construcción, de un ministro. En ese
momento, la película refleja también la
división que se produce dentro del
movimiento sufragista puesto que Silvia
Pankhurst se muestra contraria a las decisiones de su madre.
Maud y sus compañeras son de nuevo encarceladas y deciden ponerse en huelga de hambre. El gobierno
promulgará la alimentación forzosa con
las consecuencias físicas que de ello se derivan.
Al salir de prisión, deciden un golpe de efecto total y Maud, junto con Emily Wilding Davison (Natalie Press),
se dirige al derbi en el que correrá el caballo del rey con la idea inicial de
colocar una tela reclamando el voto femenino sobre los lomos del animal. Al ver
frustrado su propósito, Emily se lanzará sobre él en medio de la carrera. Será
la primera, y única, víctima de un movimiento
pacífico como es el sufragista; muerte producida en sus propias filas.
El funeral de Emily Wilding Davison se convertirá en una enorme
manifestación de duelo y de reivindicación, y fortalecerá un movimiento que se
convertirá en imparable.
En los títulos finales de la película se nos informa de que, después de
mil mujeres encarceladas, el Parlamento inglés aprobó el voto femenino en 1918…
pero solo a las mujeres mayores de 30 años, y en determinados casos. No sería
hasta 1928 cuando todas las mujeres inglesas pudieron votar. El film se cierra
con el listado de los años en que, en distintos países, se aprobó el sufragio
femenino.
Habitualmente se considera que el movimiento sufragista inglés estuvo
integrado por mujeres ricas y burguesas. La escena de la ropa tendida atravesando
la calle en la que vive Maud, cerca de la fábrica, salpica toda la película y
refleja de un modo muy claro cómo esta primera ola del Feminismo también fue
protagonizada por mujeres obreras, quienes vivían en condiciones penosas.
Sufragistas es un recordatorio de esa lucha inicial y un hermoso homenaje a esas
fuertes mujeres que abrieron el camino de todo el movimiento feminista
posterior. Frente a los insultos, la cárcel, la tortura, el aislamiento, la aún
mayor marginación social, y realizando enormes sacrificios personales,
consiguieron abrir el camino que hoy en día muchas mujeres en todo el mundo
estamos transitando y del que disfrutamos. Frente a una cierta amnesia social actual,
no podemos olvidar este hito histórico.
De todas formas, resulta penoso observar cómo, un siglo después, algunos
de los temas que trata la película todavía seguimos sufriéndolos las mujeres en
España: el acoso sexual, la violencia de género, los arbitrarios despedidos
laborales o los testimonios infravalorados. Ese sentimiento de pesar se agudiza
aún más sabiendo que en otras partes del mundo, esta película sigue reflejando
la realidad de muchísimas mujeres en el s. XXI.
Por último, debemos señalar también un hecho poco común: la película
está dirigida por una mujer (Sarah Gavron) sobre el guion de otra mujer, Abi
Morgan.
Sin duda, imprescindible.




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