martes, 28 de febrero de 2017

MENSAJES QUE RECIBIMOS Y TRANSMITIMOS


Hemos visto cómo el insulto forma parte de la vivencia femenina ya desde la adolescencia. En el otro extremo, las palabras cariñosas y el lenguaje no verbal que, con o sin ellas, empleamos es muy distinto en la etapa infantil. Como señalan Gemma Torres y Mª del Carmen Arjona, a las niñas se las califica mucho más que a los niños: preciosa, bonita, guapa, princesa, cielo, vida, amor, cariño… Dentro de esta sociedad patriarcal, algunos de esos términos siguen usándose cuando ya somos mujeres adultas: esta misma mañana, al ir a comprar, el dependiente se dirigió a mí con un ¿Qué quieres, vida?; expresión que, sin embargo, no emplea con los clientes (y aquí uso el masculino como género marcado, y no genérico). De esta manera, se sigue infantilizando nuestro ser. Por otro lado, algunos de estos términos también se aplican a los niños, pero con ellos dejan de usarse a una determinada edad que, en el caso de ellas, se amplía de forma dilatada e inconcebible.
Además, los diminutivos de carácter cariñoso que se dirigen a unas y a otros suelen ser también distintos: acabados en –ita (o en –ina en el caso de Asturias, lugar donde resido) para ellas (guapina, vidina…) o,  como señalan las autoras que nos sirven de ejemplo, en –ote, -ete o en –ón (gamberrote, tragoncete, chavalón…). Como profesora, he oído en múltiples reuniones de evaluación cómo de una alumna con buenas calificaciones se decía que era trabajadorina; un alumno es trabajador, nunca trabajadorín. En este caso, el diminutivo pierde su cariz cariñoso y se vuelve perversamente descalificador.
Las mujeres, en general, poseemos un lenguaje no verbal mucho más rico que los hombres porque tanto unas como otros lo hemos aprendido desde la infancia: nosotras nos besamos cuando nos encontramos, nos abrazamos, nos tocamos, nos miramos, gesticulamos, nuestro rostro es más expresivo tanto si hablamos como si no. Es el mundo de las emociones, ese campo que, según esta sociedad patriarcal, solo pueden disfrutar las mujeres. Para los hombres, es un terreno vedado pues ellos deben mostrar siempre un cierto hieratismo, aprendido también desde la infancia: todo lo más, un apretón de manos o un choque de palmas. Es cierto que, en este caso, podríamos hablar no solo de una diferencia de género sino también de zonas geográficas puesto que quienes vivimos en el norte, sobre todo los hombres, muestran un lenguaje corporal menos desarrollado que quienes viven en el sur.
El periodista Iñaki Gabilondo lo sintetizó de una forma muy acertada: Los hombres hablamos mucho de lo que pasa y poco de lo que nos pasa. Nos pasamos información, pero nunca nos contamos sentimientos. Y evidentemente este no es un hecho natural sino un comportamiento aprendido desde la infancia.

Los tratamientos suelen tener también un carácter sexista: aunque cada vez menos, todavía se usa el señora o señorita. Este último vocablo, para el DLE (Diccionario de la Lengua Española), es un término de cortesía que se aplica a la mujer soltera, o un tratamiento de cortesía que se aplica a mujeres que desarrollan determinadas profesiones (maestra, profesora, secretaria…). Tras esa cortesía se encuentra, en realidad, una enorme discriminación sexual pues no posee el mismo significado en señorito.

Aunque su uso es cada vez menor, todavía se leen o escuchan expresiones como señora de… Nunca ha existido su contraria, señor de…, porque una mujer no da identidad a un hombre. Sin embargo, seguimos viendo en muchas esquelas viuda de… y muy excepcionalmente viudo de… De nuevo, la mujer no existe, cobra ser a través de su marido.

No podemos admitir el uso de un lenguaje malsonante pero, cuando este se produce está mucho más penalizado en boca de las mujeres que de los hombres. El que fuera presidente de la Academia de la Lengua Española, Fernando Lázaro Carreter, escribió en su obra El dardo en la palabra: Habiendo sentido siempre el taco o el palabro como ajenos a la expresión femenina e infantil, no puedo, literalmente no puedo escucharlos en una mujer o en una criatura sin sentir repeluzno. Es como si las viera alteradas y trocadas contra natura.

En su obra, Así hablan las mujeres, Pilar García Mouton
señala muy claramente cuál suele ser la actitud comunicativa de las mujeres:
La mujer debe ser buena conversadora, pero no debe ser ella la que lleve la conversación, aunque sí la encauce a base de escuchar atentamente, hacer preguntas oportunas, mostrar interés, etc. La mujer tiene que parecer poco asertiva, es decir, no discutir ni defender acaloradamente sus puntos de vista, ni afirmar ni negar tajantemente. Estas normas no escritas, que hoy ya no resultan tan válidas, no son más que la cara externa del comportamiento social que históricamente se ha considerado correcto para una mujer. Hoy afortunadamente están cambiando las cosas, pero, aún así, se ve con buenos ojos a la mujer que consigue sus objetivos evitando la discusión o el lenguaje directo.
En julio de 2001, la revista “Marie Claire” publicó una entrevista con Benedetta Tagliabue, quien ante la pregunta de si era fácil para una arquitecta llegar a una obra y dar órdenes a un equipo de trabajadores varones, contestó:
Si puedo, ese tipo de tareas se las encomiendo a un hombre de mi equipo, y si es un hombre que sabe mostrarse enérgico y levantar la voz cuando es preciso, mejor que mejor.
Han pasado más de quince años y creemos que, en este aspecto, ha habido un avance muy lento: aunque tenemos fama de hablar mucho, en los eventos sociales no suelen escucharse voces femeninas. Y, si una mujer toma la palabra y alza la voz, será considerada una histérica o estará en uno de esos días… si es un hombre quien levanta la voz, no solo no estará alterado sino que será un hombre con carácter.

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