Hemos
visto cómo el insulto forma parte de la vivencia femenina ya desde la
adolescencia. En el otro extremo, las palabras cariñosas y el lenguaje no
verbal que, con o sin ellas, empleamos es muy distinto en la etapa infantil.
Como señalan Gemma Torres y Mª del Carmen Arjona, a las niñas se las
califica mucho más que a los niños: preciosa,
bonita, guapa, princesa, cielo, vida, amor, cariño… Dentro de esta sociedad
patriarcal, algunos de esos términos siguen usándose cuando ya somos mujeres
adultas: esta misma mañana, al ir a comprar, el dependiente se dirigió a mí con
un ¿Qué quieres, vida?; expresión
que, sin embargo, no emplea con los clientes (y aquí uso el masculino como
género marcado, y no genérico). De esta manera, se sigue infantilizando nuestro
ser. Por otro lado, algunos de estos términos también se aplican a los niños,
pero con ellos dejan de usarse a una determinada edad que, en el caso de ellas,
se amplía de forma dilatada e inconcebible.
Además,
los diminutivos de carácter cariñoso que se dirigen a unas y a otros suelen ser
también distintos: acabados en –ita (o
en –ina en el caso de Asturias, lugar
donde resido) para ellas (guapina,
vidina…) o, como señalan las autoras
que nos sirven de ejemplo, en –ote, -ete
o en –ón (gamberrote, tragoncete, chavalón…). Como profesora, he oído en
múltiples reuniones de evaluación cómo de una alumna con buenas calificaciones
se decía que era trabajadorina; un
alumno es trabajador, nunca trabajadorín. En este caso, el
diminutivo pierde su cariz cariñoso y se vuelve perversamente descalificador.
Las
mujeres, en general, poseemos un lenguaje no verbal mucho más rico que los
hombres porque tanto unas como otros lo hemos aprendido desde la infancia:
nosotras nos besamos cuando nos encontramos, nos abrazamos, nos tocamos, nos
miramos, gesticulamos, nuestro rostro es más expresivo tanto si hablamos como
si no. Es el mundo de las emociones, ese campo que, según esta sociedad
patriarcal, solo pueden disfrutar las mujeres. Para los hombres, es un terreno vedado
pues ellos deben mostrar siempre un cierto hieratismo, aprendido también desde
la infancia: todo lo más, un apretón de manos o un choque de palmas. Es cierto
que, en este caso, podríamos hablar no solo de una diferencia de género sino
también de zonas geográficas puesto que quienes vivimos en el norte, sobre todo los
hombres, muestran un lenguaje corporal menos desarrollado que quienes viven en
el sur.
El
periodista Iñaki Gabilondo lo sintetizó de una forma muy acertada: Los hombres
hablamos mucho de lo que pasa y poco de lo que nos pasa. Nos pasamos
información, pero nunca nos contamos sentimientos. Y evidentemente este no es un hecho natural sino un
comportamiento aprendido desde la infancia.
Los tratamientos suelen tener también un carácter
sexista: aunque cada vez menos, todavía se usa el señora o señorita. Este
último vocablo, para el DLE (Diccionario de la Lengua Española), es un término de cortesía que se aplica a la mujer
soltera, o un tratamiento de cortesía
que se aplica a mujeres que desarrollan determinadas profesiones (maestra,
profesora, secretaria…). Tras esa cortesía
se encuentra, en realidad, una enorme discriminación sexual pues no
posee el mismo significado en señorito.
Aunque su uso es cada vez menor, todavía se leen o
escuchan expresiones como señora de… Nunca ha existido su
contraria, señor de…, porque una
mujer no da identidad a un hombre. Sin embargo, seguimos viendo en muchas
esquelas viuda de… y muy excepcionalmente
viudo de… De nuevo, la mujer no
existe, cobra ser a través de su marido.
No podemos admitir el uso de un lenguaje malsonante pero,
cuando este se produce está mucho más penalizado en boca de las mujeres que de
los hombres. El que fuera presidente de la Academia de la Lengua Española,
Fernando Lázaro Carreter, escribió en su obra El dardo en la palabra: Habiendo
sentido siempre el taco o el palabro como ajenos a la expresión femenina e
infantil, no puedo, literalmente no puedo escucharlos en una mujer o en una
criatura sin sentir repeluzno. Es como si las viera alteradas y trocadas contra
natura.
En su obra, Así
hablan las mujeres, Pilar García Mouton
señala muy claramente cuál suele
ser la actitud comunicativa de las mujeres:
La mujer debe ser buena conversadora, pero no
debe ser ella la que lleve la conversación, aunque sí la encauce a base de
escuchar atentamente, hacer preguntas oportunas, mostrar interés, etc. La mujer
tiene que parecer poco asertiva, es decir, no discutir ni defender acaloradamente
sus puntos de vista, ni afirmar ni negar tajantemente. Estas normas no
escritas, que hoy ya no resultan tan válidas, no son más que la cara externa
del comportamiento social que históricamente se ha considerado correcto para
una mujer. Hoy afortunadamente están cambiando las cosas, pero, aún así, se ve
con buenos ojos a la mujer que consigue sus objetivos evitando la discusión o
el lenguaje directo.
En julio de 2001, la revista “Marie Claire” publicó
una entrevista con Benedetta Tagliabue, quien ante la pregunta de si era fácil
para una arquitecta llegar a una obra y dar órdenes a un equipo de trabajadores
varones, contestó:
Si puedo,
ese tipo de tareas se las encomiendo a un hombre de mi equipo, y si es un
hombre que sabe mostrarse enérgico y levantar la voz cuando es preciso, mejor
que mejor.
Han pasado más de quince años y creemos que, en este
aspecto, ha habido un avance muy lento: aunque tenemos fama de hablar mucho, en
los eventos sociales no suelen escucharse voces femeninas. Y, si una mujer toma
la palabra y alza la voz, será considerada una
histérica o estará en uno de esos
días… si es un hombre quien levanta la voz, no solo no estará alterado sino que será un hombre con carácter.

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