jueves, 16 de marzo de 2017

CORRESPONSABILIDAD Y CONCILIACIÓN

Cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia. Podría ser el preámbulo de una serie televisiva pero son las propuestas sobre el ejercicio de la corresponsabilidad y la conciliación que plantearemos en esta entrada. Grandes ideas, una ficción, pues no encontramos en nuestro ámbito, laboral o personal, ninguna experiencia real. Y las encuestas del Instituto Nacional de Estadística (2016) sobre el desequilibrio existente por sexos entre quienes realizan las tareas del hogar y el cuidado de la familia vienen a avalar, desgraciadamente, nuestra percepción de la realidad que nos rodea. En dos de los vídeos que conforman el programa Igual-es (TVE) y que mencionaremos en la siguiente entrada de este blog, se presentan también cifras abrumadoras:
- A cada hora de trabajo realizado por una mujer fuera de casa se corresponde con 5 minutos que el hombre dedica dentro de ella.
- Por cada hombre que abandona su trabajo por motivos familiares, nos encontramos con 27 mujeres.
En uno de los últimos informes publicados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, se indicaba que el tiempo dedicado a las tareas del hogar solo era el mismo en el caso de un hombre parado y una mujer que trabajaba fuera de casa a jornada completa. En el resto de los casos (mujer y hombre con empleos, por ejemplo), siempre existía un desequilibrio con un cómputo total de horas mayor para las mujeres que para los hombres.
No hace mucho, una amiga mía de no más de 30 años me comentaba “la suerte” que tenía porque su marido era quien bañaba, aseaba y paseaba a su hija recién nacida. “¿Es su padre, no?”, le dije. Y no aceptó de muy buen grado esta pregunta tan evidente. Cuando el hombre participa de la crianza o de las labores del hogar, se escucha la voz femenina diciendo “tengo mucha suerte con mi marido/pareja”; es decir, se está admitiendo que no se debe a un sentido de la responsabilidad sino de la fortuna. La voz masculina suele iniciar su relato con un “yo ayudo mucho a mi mujer/pareja” arrastrando con esta expresión la idea de que es ella la responsable del trabajo en el hogar y del cuidado de las personas que en él viven y asentando, por lo tanto, ese poso de desigualdad. Este dibujo de Maitena lo refleja claramente:


¿Cómo cambiar esta situación? Como siempre, y en la base, desde la educación. En las familias, todas las personas que las componen deberían tener asignada una tarea desde la infancia: del mismo modo que les enseñamos a recoger sus juguetes, podríamos encomendarles diversas labores que se correspondan con su edad y que, por lo tanto, fueran aumentando en grado de importancia. En un lugar bien visible de la casa debería estar situado un horario semanal con los nombres y las tareas que cada persona de la familia debe realizar. De ese modo, cuando llegara el momento de compartir su vida con una chica, el chico ya no “ayudaría” sino que realizaría un trabajo que ya tendría asumido.
En el caso de la conciliación, la respuesta deberíamos encontrarla no solo en el seno de la familia sino también en las políticas empresariales. Para empezar, replanteándose esas infinitas jornadas laborales que abarcan buena parte de las horas de nuestros días dejando muy poco tiempo para la vida personal y familiar: jornadas continuas y, si son partidas, con salida de las empresas a las cinco de la tarde; realización de trabajos por objetivos con lo que, por un lado, desterraríamos el tan añejo y poco productivo empleo presencial (España es el país de Europa con más horas laborales pero no es el primero en productividad) y, por otro lado, podríamos reclamar una cierta flexibilidad laboral siempre que se cumplieran esos objetivos marcados.
Al gobierno, deberíamos exigirle la creación de suficientes plazas en las guarderías públicas de 0 a 3 años, o también dentro de las propias empresas (a fin de cuentas, nuestros representantes populares disfrutan de ellas tanto en el Congreso como en el Senado). Las abuelas de nuestro país (y en menor medida, los abuelos) tienen todo el derecho a disfrutar de su vejez y una bien ganada jubilación; pero su júbilo se torna en presión y estrés pues dedican muchísimas horas de su vida al cuidado de sus nietas y nietos.

Deberíamos también reclamar la creación de muchos más centros de día en los que las personas mayores de nuestra familia pudieran estar atendidas mientras quienes somos adultas estamos en nuestro trabajo. Como ya hemos comentado, siguen siendo las mujeres quienes abandonan sus empleos para dedicarse a estos cuidados.

Recientemente, el gobierno ha ampliado la baja de paternidad y este hecho ha abierto un debate que esperemos se cierre con una baja de semanas idénticas tanto para la mujer como para el hombre, y además, que sean intransferibles: cada una y cada uno disfrutaría de ese tiempo que el padre emplearía en asumir todas las labores que hasta ahora mayoritariamente está realizando la madre.

Afortunadamente, hace ya un tiempo considerable que la mujer ha entrado en el ámbito laboral consiguiendo con ello su independencia económica y, con ella, la autonomía y el disfrute de su propia vida… si las tareas que sigue realizando en el hogar le dejaran tiempo. El trabajo fuera de la casa de la mujer se ha convertido en una doble jornada (o triple si debe cuidar de menores o mayores de edad).

Desgraciadamente, el hombre no acaba de entrar de lleno en el ámbito del hogar y, por lo tanto, sigue sin responsabilizarse completamente del enorme y variado trabajo que en él se encuentra.

Este es un camino de ida y vuelta, y debe ser igual para hombres y para mujeres.
 



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