Cualquier parecido con la
realidad es una mera coincidencia. Podría ser el preámbulo de una serie
televisiva pero son las propuestas sobre el ejercicio de la corresponsabilidad
y la conciliación que plantearemos en esta entrada. Grandes ideas, una ficción,
pues no encontramos en nuestro ámbito, laboral o personal, ninguna experiencia
real. Y las encuestas del Instituto Nacional de Estadística (2016) sobre el desequilibrio existente por sexos entre quienes realizan las tareas del hogar y
el cuidado de la familia vienen a avalar, desgraciadamente, nuestra percepción
de la realidad que nos rodea. En dos de los vídeos que conforman el programa Igual-es (TVE)
y
que mencionaremos en la siguiente entrada de este blog, se presentan también
cifras abrumadoras:
- A cada hora de trabajo realizado por una mujer fuera de casa se corresponde con 5 minutos que el hombre dedica dentro de ella.
- A cada hora de trabajo realizado por una mujer fuera de casa se corresponde con 5 minutos que el hombre dedica dentro de ella.
- Por cada hombre que abandona su trabajo por motivos
familiares, nos encontramos con 27 mujeres.
En uno de los últimos informes publicados por el Ministerio
de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, se indicaba que el tiempo dedicado a
las tareas del hogar solo era el mismo en el caso de un hombre parado y una
mujer que trabajaba fuera de casa a jornada completa. En el resto de los casos
(mujer y hombre con empleos, por ejemplo), siempre existía un desequilibrio con
un cómputo total de horas mayor para las mujeres que para los hombres.
No hace mucho, una amiga mía de no más de 30 años me
comentaba “la suerte” que tenía porque su marido era quien bañaba, aseaba y
paseaba a su hija recién nacida. “¿Es su padre, no?”, le dije. Y no aceptó de
muy buen grado esta pregunta tan evidente. Cuando el hombre participa de la crianza
o de las labores del hogar, se escucha la voz femenina diciendo “tengo mucha
suerte con mi marido/pareja”; es decir, se está admitiendo que no se debe a un
sentido de la responsabilidad sino de la fortuna. La voz masculina suele
iniciar su relato con un “yo ayudo mucho a mi mujer/pareja” arrastrando con
esta expresión la idea de que es ella la responsable del trabajo en el hogar y
del cuidado de las personas que en él viven y asentando, por lo tanto, ese poso
de desigualdad. Este dibujo de Maitena lo refleja claramente:
¿Cómo cambiar esta situación? Como siempre, y en la base,
desde la educación. En las familias, todas las personas que las componen
deberían tener asignada una tarea desde la infancia: del mismo modo que les
enseñamos a recoger sus juguetes, podríamos encomendarles diversas labores que
se correspondan con su edad y que, por lo tanto, fueran aumentando en grado de
importancia. En un lugar bien visible de la casa debería estar situado un
horario semanal con los nombres y las tareas que cada persona de la familia
debe realizar. De ese modo, cuando llegara el momento de compartir su vida con una chica, el chico ya no “ayudaría” sino que realizaría un
trabajo que ya tendría asumido.
En el caso de la conciliación, la respuesta deberíamos
encontrarla no solo en el seno de la familia sino también en las políticas empresariales.
Para empezar, replanteándose esas infinitas jornadas laborales que abarcan
buena parte de las horas de nuestros días dejando muy poco tiempo para la vida
personal y familiar: jornadas continuas y, si son partidas, con salida de las
empresas a las cinco de la tarde; realización de trabajos por objetivos con lo
que, por un lado, desterraríamos el tan añejo y poco productivo empleo
presencial (España es el país de Europa con más horas laborales pero no es el primero
en productividad) y, por otro lado, podríamos reclamar una cierta flexibilidad
laboral siempre que se cumplieran esos objetivos marcados.
Al gobierno, deberíamos exigirle la creación de
suficientes plazas en las guarderías públicas de 0 a 3 años, o también dentro
de las propias empresas (a fin de cuentas, nuestros representantes populares disfrutan de ellas
tanto en el Congreso como en el Senado). Las abuelas de nuestro país (y en
menor medida, los abuelos) tienen todo el derecho a disfrutar de su vejez y una
bien ganada jubilación; pero su júbilo se torna en presión y estrés pues
dedican muchísimas horas de su vida al cuidado de sus nietas y nietos.
Deberíamos también reclamar la creación de muchos más
centros de día en los que las personas mayores de nuestra familia pudieran
estar atendidas mientras quienes somos adultas estamos en nuestro trabajo. Como
ya hemos comentado, siguen siendo las mujeres quienes abandonan sus empleos
para dedicarse a estos cuidados.
Recientemente, el gobierno ha ampliado la baja de paternidad
y este hecho ha abierto un debate que esperemos se cierre con una baja de
semanas idénticas tanto para la mujer como para el hombre, y además, que sean
intransferibles: cada una y cada uno disfrutaría de ese tiempo que el padre
emplearía en asumir todas las labores que hasta ahora mayoritariamente está realizando la madre.
Afortunadamente, hace ya un tiempo considerable que la mujer
ha entrado en el ámbito laboral consiguiendo con ello su independencia
económica y, con ella, la autonomía y el disfrute de su propia vida… si las
tareas que sigue realizando en el hogar le dejaran tiempo. El trabajo fuera de
la casa de la mujer se ha convertido en una doble jornada (o triple si debe
cuidar de menores o mayores de edad).
Desgraciadamente, el hombre no acaba de entrar de lleno en
el ámbito del hogar y, por lo tanto, sigue sin responsabilizarse completamente
del enorme y variado trabajo que en él se encuentra.
Este es un camino de ida y vuelta, y debe ser igual para
hombres y para mujeres.

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