Mi análisis se centrará en el vídeo Para que se abran… las puertas, anuncio
creado para una empresa dedicada a la reparación y mantenimiento de puertas de
garaje, un producto que, en principio, pueden adquirir tanto hombres como
mujeres. Sin embargo, la empresa anunciante prefiere renunciar a ese púbico
general para centrar su target, su destinatario ideal, exclusivamente en los
varones.
En principio, se presenta una historia simple: el
chico está echado en el sofá, viendo la televisión (por el sonido ambiente
deducimos que probablemente un programa de deportes), y literalmente rascándose
la barriga y tocándose las narices. La suma de estereotipos sobre la
masculinidad no ha hecho más que empezar.
De repente, suena el móvil. Él mira el número y su
actitud cambia: se incorpora y sonríe. El siguiente plano se inicia con la
cámara desenfocada, que rápidamente se regula y en un movimiento de zoom se
acerca a la chica, quien acostada boca abajo en la cama, y en ropa interior, le
dice al chico: Tienes cinco minutos. Él en el sofa, ella sobre la cama.
A partir de ese momento, se establece una especie de
narración dialogada entre los dos protagonista de la historia puesto que se
alternan planos de uno y otra. Se incluye música de fondo para subrayar tanto
la figura masculina como la femenina: viva y dinámica, en el caso de él; lenta
e insinuante, en el caso de ella.
El chico se incorpora rápidamente del sofá y se
dirige a la habitación, abre el armario, saca una camisa y se la coloca por
encima. Mientras tanto, ella se está probando su ropa interior frente al
espejo, pero de espaldas a la cámara, en un plano ligeramente contrapicado y
americano corto puesto que se inicia, ¡mira qué casualidad!, justo en sus
nalgas.
En el siguiente plano a él lo vemos también de espaldas
y en calzoncillos puesto que intenta ponerse unos pantalones y su torpeza,
producida por la rapidez, le lleva a caerse sobre la cama. Pasa a un rápido
plano detalle del tirante del sujetador de ella.
Y vuelve a él, quien ya ha acabado de vestirse, se mira
en el espejo, se acicala las cejas y se lanza a sí mismo un beso. Ella sigue
frente al espejo del baño, ahora en un plano medio para que, de ese modo,
veamos mucho mejor cómo se frota las tetas y se mira su trasero.
El diálogo entre la pareja protagonista concluye ahí.
Él sale de la habitación, baja rápidamente las escaleras y llega deslizándose
al garaje. No entra sino que prácticamente se abalanza sobre el coche; por
cierto, su imagen de joven y gañán se corresponde muy poco con ese modelo de
automóvil que adjudicaríamos a un hombre mucho mayor. ¿Se pretende, de ese
modo, llegar a la totalidad del público masculino sin importar la edad?
Arranca el motor y se frena. Y ahí entra el tercer
personaje de la historia: la puerta del garaje no abre. A partir de ese
momento, si los estereotipos sobre este joven se habían ido acumulando, se
acrecientan todavía más: realiza todos los gestos y movimientos (ridículamente)
posibles con el mando a distancia para intentar abrir la puerta; se desespera,
la golpea, la amenaza (¡a una puerta de garaje!) y, en el colmo de la hipérbole
y el paroxismo, se coloca un casco y unas hombreras de rugby y arremete contra
ella de modo insistente.
Es en ese momento cuando aparece el eslogan dividido
en dos partes: Para que se abran… las
puertas. Esos puntos suspensivos encierran una enorme y buscada ambigüedad
porque, ¡mira tú por dónde!, puertas es
una palabra, en forma y sonido, muy parecida a… piernas. Creo que, en el fondo, se buscaba esa imagen en el
espectador masculino a quien claramente va dirigido este anuncio.
Después de que aparezca el nombre del anunciante y su
lema, evidentemente la puerta se abre… y, con ella (intuimos el final de la
historia), las piernas de esa chica sensual, quien se quiere tan a sí misma que
constantemente se mira al espejo y en él se insinúa, preparándose para ese
chico vago, deportista, torpe y un poquito desastre. Ese chico normalito y
corrientito quien, en cuanto se abran las puertas, recibirá su “recompensa”.
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