Cuando Ulises regresó, Penélope ya no tejía… pero
empezó a tirar del hilo.
Ya no recuerdo cuántas veces el carro de Apolo cruzó
el cielo de Ítaca desde que tú te fuiste, Ulises. Tu padre Laertes decidió
retirarse al campo y yo me quedé sola con Telémaco, nuestro hijo recién nacido.
¡Muy sola!
Diez años transcurrieron en aquella guerra cruel y
llegaron noticias de su fin gracias a tu astucia y esa idea de construir un
caballo de madera. El tiempo pasaba y los grandes guerreros aqueos que todavía
vivían ya habían regresado a casa. Todos los días miraba el horizonte para
atisbar la vela de tu barco pero mi vista se cansaba en ese mar desnudo e
infinito.
En la isla se empezó a murmurar que ya no surcabas el
Mediterráneo sino que habías embarcado con Caronte para cruzar la laguna
Estigia y habitar en el Inframundo.
Poco a poco, los pretendientes empezaron a llegar a
palacio y, antes de que me diera cuenta, constituyeron un enjambre de más de
cien voces que pedían mi mano, de más cien bocas que vaciaban las despensas de
palacio, de más de cien hombres que abusaban de mis esclavas.
Y yo me sentía tan sola… Y, sin que tuviera la
protección de la diosa Atenea como ella contigo a tu lado estaba, esta pobre e
indefensa mujer, este ser considerado nada si no estaba bajo tu protección,
también tuvo una brillante idea. Sí, sí, en esta “bella cabecita”, como te
gustaba decirme, se engendró mi salvación y mi fidelidad a ti: les dije a los
pretendientes que elegiría a uno de ellos cuando acabara de tejer la mortaja de
tu padre. Por el día, realizaba mi labor como una nueva Aracne. Pero cuando
Helios apagaba su brillo, y los pretendientes caían poseídos por la embriaguez
del vino, la furia de las armas o el éxtasis del sexo, destejía el trabajo de
la mañana. Y así un día, y otro día, y otro día.
Telémaco ya era un adolescente y sufría al ver la
situación del palacio. Él nunca creyó que hubieras sido derrotado por la furia
de Poseidón y se fue en tu busca. Al poco tiempo, regresó sumido en una enorme
tristeza pues nadie sabía de ti.
Los pretendientes ya no pedían sino que exigían una
decisión por mi parte y dispuse someterlos a una prueba: deberían tomar tu arco
y disparar una flecha que atravesara una hilera de anillas. Todos fracasaron en
su intento, no fueron capaces ni de tensarlo. Y, de repente, de entre aquella
multitud decepcionada, surgió un anciano mendigo. Todos se rieron de él… ¡no
sabían que su risa acabaría en un silencio mortal! El viejo tomó el arco,
colocó la flecha y, ante el estupor de quienes contemplábamos la escena, pasó
limpia entre las arandelas. Entonces te quitaste las ropas de mendigo y allí
estabas tú, lleno de odio y furor, y junto con nuestro hijo y dos de nuestros
criados empezasteis a disparar contra todos los pretendientes. El patio de
palacio se convirtió en un mar de sangre, se llenó del olor de la muerte.
Caminaste hacia mí todavía con el arco en la mano y
la ira en los ojos. Había visto partir a un marido tierno, a un padre
desgarrado por abandonar a su hijo. Veinte años después, tenía ante mí a un
hombre viejo, marcado por las cicatrices de la batalla y lleno de un ansia
mortal.
¡Veinte años sufriendo en soledad tu ausencia!
¡Veinte años defendiendo nuestro amor! Y ahora, acompañado por el susurro del
mar y bajo esta noche estrellada, ¡tantas noches de fatigas para mí!, me
cuentas como si fueras un mal aedo el relato de tus aventuras… y de tu
traición. Me hablas del gigante de un solo ojo, de flores de loto, de monstruos
comehombres, de cantos de sirenas… Y con ello, me dices que has estado siete
años viviendo con la reina Calipso y que con ella has tenido dos hijos. Y que
luego fue Circe, esa bruja hechicera. Y cómo la jovencísima Nausicaa se enamoró
de ti y tú no correspondiste porque te parecía demasiado niña.
¡Veinte años de fidelidad, Ulises! He envejecido por
un hombre que, en el fondo, no quería volver al hogar. Deja que el camino sea largo, ha cantado algún poeta quien, como yo
ahora, no te veía en Ítaca.
Vuelve a tu nave, Ulises. Sigue tu camino al lado de
Atenea. Que los dioses del Olimpo te protejan aunque sepas que nunca tendrás el
favor de Poseidón.
Yo me proclamo la mujer que siempre fui: una mujer
fuerte, valiente, tenaz… ¡Una mujer que no te necesita! ¡Una mujer que
disfrutará su soledad sin ti! Por eso, te dejo con tu odisea. Yo me voy a vivir
mi propia vida.
Antes de irme, quemaré el telar.
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